lunes, 26 de mayo de 2014

Últimas Noticias - Actualidad: Crónica Negra | "Me lo mataron y ahora me lo quitan"

"La orden de atacar la manifestación llegó. Los primeros disparos se escucharon por los lados de las escalinatas de El Calvario..."


Willmer Poleo Zerpa.- Días antes, el director de la cárcel de San Cristóbal, Arístides Reyes, había declarado a los medios de comunicación: “Hace falta matar a unos cuantos para que no protesten”. Quizás quería congraciarse con el ministro del Interior, Carlos Andrés Pérez, en aras de obtener un cargo más importante dentro de la estructura del Gobierno.Recuerda la tía Felipa, quien para entonces militaba en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, que -aparte de ministro del Interior- Pérez ejercía la dirección general de la policía política, Digepol, que inicialmente fue creada para realizar trabajos de inteligencia, pero que luego fue utilizada de manera indiscriminada en actividades represivas.En 1961, la situación política, nacional e internacionalmente estaba peliaguda. Estados Unidos había roto relaciones diplomáticas con Cuba luego de un discurso del presidente Fidel Castro en el que se declaró marxista leninista y el Gobierno de la isla se alió con la Urss. Poco después ocurrió el desembarco en la playa Girón, en la Bahía de los Cochinos de la isla caribeña, una invasión en la que participaron 1.400 exiliados cubanos. Las protestas en las filas del movimiento revolucionario continental se sucedían a diario, con su saldo lamentable de muertes y detenciones.El presidente venezolano Rómulo Betancourt anunció formalmente que Venezuela también rompía relaciones diplomáticas y consulares con Cuba y recuerda la tía Felipa que, en la cadena de radio y televisión, el Mandatario dijo más o menos: “El Gobierno de Venezuela no ha ocultado en ningún momento su repulsa a los métodos de fusilamientos políticos, encarcelamientos en masa, irrespeto de la dignidad y la vida humanas que se vienen aplicando por el gobierno de Cuba”. Pero las cárceles venezolanas estaban a reventar, ocurrían asesinatos de dirigentes políticos todas las semanas e incluso se hablaba de desapariciones de líderes populares.Y llegó la Digepol. “Cuba sí, Yankis no”, “Cuba sí, bloqueo no”, rezaban algunas de las consignas que se podían leer en las pancartas que la noche anterior habían confeccionado los liceístas de educación media y de la Universidad Central de Venezuela para la manifestación convocada por el MIR y el PCV para protestar por el rompimiento de las relaciones con Cuba.No cabía un alma en la plaza O’Leary. Centenares de estudiantes de todas las edades, en su mayoría trajeados de kaki y corbatas negras, gritaban eufóricos en contra de la decisión gubernamental, conocida como la “doctrina Betancourt”, al tiempo que los comerciantes bajaban sus puertas santamaría y se mantenían expectantes.El primer auto llegó y se estacionó por los lados del Palacio del Libro. Era un Ford F100 de color negro. Luego llegó una Chevrolet a dos tonos y se quedó a un costado de la Baralt. Tres hombres trajeados de negro descendieron con lentitud. A uno de ellos se le notaba un bulto en la cintura. Otro tomó unos binoculares y se puso a observar la multitud. Por los lados del cine Metropolitano se estacionó un Studebaker Champ azul, en el que cabían seis hombres; y un Mercedes Benz con asientos separados, de color blanco. Bromeaban entre ellos, pero sin dejar de observar la multitud. En los bloques de El Silencio, algunas personas ondeaban banderas.Días antes, las casas de Jesús Farías, Gustavo y Eduardo Machado, y de los diputados del MIR Jesús Villavicencio y Jesús María Casal habían sido allanadas por la Digepol. No los hallaron, pero les dejaron mensajes claros, contundentes: “Dígale que se cuide y que deje la vaina de estar poniendo bombas por ahí, porque le puede ocurrir algo malo en cualquier momento, que piense en su futuro”.Los allanamientos eran dirigidos personalmente por el inspector general de Digepol, Carlos Vegas, y el cubano Orlando García Vásquez. La tía Felipa recuerda también los nombres de los funcionarios Régulo Martínez, Carlos Farrera, Alí Ruiz, Mario Leal y Marcos Sabino, que eran los más sanguinarios.La orden de atacar la manifestación llegó. Los primeros disparos se escucharon por los lados de las escalinatas de El Calvario, pero luego actuaron los hombres que estaban en El Palacio del Libro y los del cine Metropolitano.Dieciséis años antes, un 14 de enero, había nacido en la población de Río Chico, Alberto Rudas Mezones, un negrito alto y flaco que estudiaba de noche tercer año de bachillerato en el liceo nocturno Juan Vicente González (de día era el Andrés Bello).Rudas Mezones se había incorporado en Caracas a la juventud del MIR y destacaba por sus encendidos discursos. Era un muchacho que leía mucho. Su cadáver quedó tendido en medio de la calzada. Otras decenas de compañeros recibieron heridas de bala. La noticia encendió las aulas de clases de todos los rincones. Dos periodistas lograron colarse en la morgue del puesto de Socorro de Salas y le tomaron gráficas al estudiante abaleado. Allí estaba él, con su negrura pálida, su uniforme kaki ensangrentado, la corbatica negra de medio lado y con una sonrisa en los labios, como diciéndole a la muerte “ni aún así me ganas”.Atrocidad. El ministro Carlos Andrés Pérez intentó hacer ver ante la colectividad que Alberto Rudas Mezones había sido asesinado por terroristas infiltrados que buscaban incendiar el país y soliviantar los ánimos del movimiento estudiantil. Pero un sacerdote de nombre Martín Soto, párroco de 23 de Enero, se presentó en la sede del diario Clarín e informó que él había visto a los efectivos de la Digepol cuando disparaban contra la multitud y que podía reconocer al asesino.Numerosas personas, de todas las edades, forradas de negro lloraban la muerte de Alberto Rudas en su vivienda del barrio Párate Bueno, hoy Pinto Salinas. Uno de sus compañeros se paró ante el féretro y tras hacerse la señal de la cruz gritó: “Hasta la victoria siempre, camarada. Que viva Cuba, carajo”. La señora Carmen comenzó a gritar: “Asesinos, asesinos, me arrebataron a mi negrito”, mientras leía un ejemplar del diario Clarín en el que se relataba el crimen y aparecían las declaraciones acusadoras del sacerdote Martín Soto, bajo el título “Yo vi matar al joven”.En la calle principal de Párate Bueno había algunos militantes del MIR armados con pistolas y revólveres. Estaban allí por si acaso. Pero nada pudieron hacer cuando comenzaron a llegar las patrullas sin identificación de la Digepol. Los agentes portaban subametralladoras. Los disparos ser prolongaron por 10 minutos. La gente gritaba enardecida y corría en variadas direcciones. Los agentes ingresaron a la humilde vivienda y destrozaron el catafalco y demás enseres fúnebres. Uno de los agentes de civil golpeó a un hermano del liceísta asesinado, que intentó oponerse a que se llevaran el cadáver. La señora Carmen se desmayó luego de gritarles a los policías: “Me lo mataron y ahora me lo quitan”.En un principio, la Digepol negó que tuviera algo que ver con el secuestro del cadáver de Alberto Rudas Mezones. La Criminológica, como se conocía anteriormente al Cicpc, también negó tener algo que ver con el asunto. El cadáver nunca apareció y el Gobierno jamás asumió su responsabilidad por el crimen y posterior secuestro del cadáver. Meses después, un hermano de la víctima fue dateado por un funcionario de la Digepol de que había sido enterrado en un lugar del Cementerio General del Sur. Pero se hizo imposible localizarlo.Luego de más de 50 años, el Ministerio Público venezolano logra finalmente descubrir el lugar donde fue enterrado el joven estudiante y luego de corroborar científicamente que efectivamente se trataba de él, les fueron entregados sus restos a sus familiares. Ahora falta por determinar quiénes fueron los responsables.






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